Ahora está en el mundo, una vez más, vacío, desnudo y
sin conocimien-tos. Pero no siente pena por ello, no. Siente
un gran deseo de reír, de reír de sí mismo ¡y de este extraño
y loco mundo!
HERMAN HESSE, SIDDHARTHA
Quiero decirles que desde ha-ce un tiempo para acá no ha quedado piedra so-bre piedra. Los actos a-tro-pellados de mi exis-tencia desataron todas las tormentas posibles y me quedé parado ba-jo los aguaceros con una po-bre sombrilla rosada. Me dieron espacio para hablar y ha-blé. Hablé todos los días, y con can-sancio, de mi pequeña historia trillada que se desarmaba cada día: hoy una ventana perdía una tuerca, mañana un pe-dazo de techo volaba por los ai-res. Así cayeron las puertas, las paredes y hasta el inodoro se encontró con un martillo que lo descalabró de un buen trancazo.
Sin casa y sin discurso, me ex-puse a los vientos que arras-tra-ban desiertos de arena. Com--parecí frente a mi sed, en se-vera audiencia a suplicar con la-bios flameantes una gota de agua. Vi cómo siglos de historia se dilataban y derrumbaban frente a mis pies con todos sus mo-numentos y sus ritos. No tu-ve pena de ninguno de ellos y en mis sueños los destrozaba con saña.
Bebí de ríos amargos cargados de algas que me sofocaron. Y quizá un día de aquéllos, una bri-llante pastilla blanca cru-zó mi garganta para encontrarse con el bandoneón de mis nervios que silbó una letra de tan-go olorosa a pasiones clan-des-ti-nas y aguardiente.
Creí en algunas sábanas blan-cas tendidas sobre muebles raídos y dejé que, como fan-tasmas, poblaran mis fantasías... Luego vi cómo estos se-ño-res de reinos infames eran destronados y salían por la puer-ta de la cocina.
Cuánto amé toda esa orquesta de ruidos profundos y rocos, de violines llorones, de gui--tarras nocturnas y dulzonas, de trompetas punzantes que me puso a bailar descalzo so-bre ti-zones en una fogata de gi-ta-nos.
Cuánto sentido intenté construir alrededor de todos mis a-fanes. Amé, por sobre todas las cosas, el diseño de mi vida que imaginé hecho de eternidad, para luego verlo desmoronarse y quedar desarmado como un pu-ñado de arena. Mientras llora-ba con nostalgia por tanta des---trucción, no podía escuchar el crujir con el que se abrían las alas de mi libertad desconocida.
Señores y señoras, estoy aquí ante ustedes para revelarles un atisbo de verdad, antes de reiniciar mi eterno viaje: to-do esto es un sueño de embriaguez, una pantomima, un tinglado, con su millón de marionetas de cachetes colorados y pelo de lana.
Estoy frente a ustedes para con-tarles lo incontable. Con-ven-cerlos de que, al final, cada minúscula partícula del todo im-porta y luego afirmar que absolutamente nada importa.
*Este es el último capítulo de El discurso del loco, Cuentos del Tarot, el libro más reciente de Carol Zardetto (Premio Mario Monteforte Toledo 2004). La escritora presentará el libro, publicado por F&G Editores, durante su participación en el 11o. Festival de literatura internacional de Montreal Metropolis Bleu, del 22 al 26 de abril.
|